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Descubre la historia de Brooke Axtell y cómo se convirtió en una líder

Es imposible hablar de Brooke Axtell sin sentirnos inspiradas por sus palabras, su bondad y su fuerza.
Brooke es un verdadero ejemplo de una víctima que se ha convertido en una superviviente; más que una superviviente, una líder. Como dice Brooke: "Nadie nace lastimado", y ¿no es esta la verdad más verdadera? Brooke sabe que salir de una relación violenta es solo el primer paso, ella sabe que las víctimas de violencia doméstica no son solo víctimas, necesitan que les recuerden que tienen una vida para vivir. Y que la cura forma parte del camino y nunca nadie se puede olvidar que somos seres humanos llenos de sueños, llenos de fuerza y que cualquiera de nosotras puede convertirse en una líder, cada una a su manera.

Su trabajo

Brooke Axtell no es solo una víctima de trata sexual y violencia doméstica, es una líder. Ella fundó, y es la actual directora de la comunidad y asociación sin ánimo de lucro She is Rising, , que ayuda a mujeres víctimas de maltrato, violación, trata sexual y violencia doméstica a superar el trauma a través de programas de tutoría, retiros y talleres, cambiando su punto de vista de víctimas a líderes. Brooke es apasionada por inspirar a las mujeres jóvenes a reclamar su valor y a expresar su poder, todo para crear un mundo lleno de compasión.

Su trabajo como activista de derechos humanos la llevó a su famoso discurso en la 57ª edición de los 57th Annual Grammy Awards, donde habló sobre violencia doméstica tras el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y antes de la actuación de Katy Perry dedicada a víctimas de violencia doméstica.

Actualmente Brooke es también consultora en las Naciones Unidas y en el Instituto para la Paz de los Estados Unidos, Directora de Communications and Survivor Leadership for Allies Against Slavery, una organización sin ánimo de lucro dedicada a acabar con la trata de seres humanos; es además miembro del Panel de Conferencistas de Rape, Abuse, Incest, National Network (R.A.I.N.N.), la mayor organización contra el asalto sexual en Estados Unidos, y también es Consejera de Freedom United, una iniciativa global enfocada en terminar con la trata de seres humanos. Brooke Axtell también está presente en el consejo de The Refuge, el primer programa terapéutico que cuida de supervivientes de trata sexual humana, ubicado en Austin, en Texas, y participa en el panel de The Gender Equality Impact Panel para Katerva.

Su trabajo habla por sí mismo, y se puede conocer a Brooke a través de su trabajo humanitario, aunque ella es igualmente un alma artística, porque es cantante, escritora, y artista performativa.

Como activista, ha sido mencionada en muchos medios, como el New York Times, LA Times, Rolling Stone, Time Magazine, Wall Street Journal y CNN. También publicó varios libros de poesía y varias canciones originales.

Puedes leer su historia en el Global Citizen:

"Como muchos supervivientes de violencia doméstica, mi abuso comenzó mucho antes de conocer a mi novio. La explotación sexual me entrenó para creer que no era merecedora del amor que tanto ansiaba. Tenía 7 años cuando fui víctima de trata sexual.

Mi color favorito era el rosa y me encantaba bailar. Mi habitación estaba llena de libros, muñecas y arte. Leía durante horas en mi silla blanca rodeada de peluches, mientras escuchaba música que salía de una caja de música blanca, decorada con rosas y esquinas doradas.

Mientras me bañaba, me tumbaba de espaldas y cantaba mi primera canción. "Alas voladoras, canto de ángel, sueños de fresa". Cantaba repetidamente la misma música, moviendo mis brazos como un ángel. Colgada en la pared del cuarto de baño estaba una escritura enmarcada del libro de Samuel. Se le conoce como la Oración de Ana, pero en esta versión el nombre del hijo por quien ella rezaba había sido sustituido por el mío. La caligrafía decía: "Yo recé por esta niña, Brooke, y el Señor me concedió lo que yo le pedí, entonces ahora yo la entrego al Señor por toda su vida, ella le será entregada".

Mi madre me enseñó que Dios es amor. Pero ella estaba en el hospital y yo temía que volviese. Mi padre viajaba en trabajo para cuidar de nuestra familia, así que me quedé con un canguro.

El canguro también me habló sobre Dios. Él me dijo que era voluntad de Dios que él me castigara por mis pecados. ¿Qué castigo merecía yo? Él no respondió y yo no tenía vocabulario para explicar lo que estaba sucediendo. Yo no podía contarle a nadie lo que su divinidad requería en mi cama de hierro blanco con sábanas rosadas.

Él me llamó "prostituta sin valor" y dijo que yo lo forcé a hacerme eso. Cuando él me violó, repitiendo la oración del Señor, yo volé afuera de mi cuerpo. A veces su voz sigue resonando dentro de mí: "Líbranos del mal. Líbranos del mal." Una parte de mí se separó para sobrevivir, para guardar la verdad, para cargar el peso insoportable de aquello. Me multipliqué y desaparecí.

La primera violación fue mi iniciación, mi rito de paso a su inframundo. Un lugar lleno de secretos y sombras, personas con ojos muertos.
Tras esa violación inicial, me llevó secretamente a casas, hoteles y fiestas para venderme a los hombres para relaciones sexuales. Me obligaron a hacer pornografía con adultos y otros niños. Me enjaularon e insultaron como a un animal encarcelado.

Cuando me filmaron, volé fuera de mi cuerpo para refugiarme en los bellos mundos que había criado: uno con un caballo blanco, otro en el que bailaba con los ángeles. Cada vez que me invadían, yo volaba por encima de ellos. Me pasaron de hombre a hombre, de mano en mano, como una muñeca. Mi alma viajó y retrocedió, cruzó océanos, siglos. Viví mil vidas en una sola noche.

Este ritmo continuó. Durante el día, iba a la escuela. Por la noche, le pertenecía a él, y a quienes quisieran comprarme.

Los compradores eran siempre hombres blancos, ricos, insaciables en su apetito de infligir dolor. Me anestesié, rodeando mi vida como si ella perteneciera a otra persona. Me convertí en una espectadora del abuso. Eso le estaba sucediendo a otra niña, a la mala, a la que necesitaba ser castigada, me dije a mí misma. Creé una pared, donde podría vivir del lado de la luz, ser buena y seguir sin dolor.

Finalmente, mi madre volvió del hospital, en una silla de ruedas. Yo sentía mucho miedo y vergüenza de revelar el abuso, pero ella se dio cuenta de que algo estaba mal. Ella oyó su intuición y despidió al canguro.

La explotación terminó de repente, pero mi vergüenza no. No importa cuánto lograba realizar en la vida, yo seguía asombrada por su mentira sobre mí: "Sin valor, sin valor, sin valor".

Viví muchos años ocultando el secreto de mi trauma. Lo que había testimoniado era indescriptible.

Ya adulta y con un novio maltratador, busqué la ayuda de una terapeuta brillante, especializada en violencia sexual y en la resolución de traumas de desarrollo. Fue allí, con ella, que finalmente me sentí segura lo suficiente para admitir lo que me había sucedido -más allá del abuso doméstico- y encontrar mi camino para la curación.

Por fin, a través de la terapia, de una comunidad inspiradora con otros supervivientes y de mi propia expresión creativa, a través de la poesía y la música, encontré el camino de regreso a mi valor original. Pero mi recuperación también me dio una mayor comprensión sobre la trata sexual y de cómo se perpetúa.

Vivimos en una cultura en la que las mujeres y las niñas son reducidas a productos sexuales, donde la violencia sexual y doméstica no son aberraciones. Para muchos de nosotros, son ritos de paso, el campo de entrenamiento para internalizar nuestra propia opresión.

La trata sexual infantil forma parte de ese ciclo de violencia. Es una violación por lucro. La apariencia del consentimiento es meramente una actuación que el niño tiene que desempeñar para sobrevivir. Aunque un niño esté activamente intercambiando sexo por dinero, comida o refugio para sobrevivir, eso sigue siendo violencia. No existe una profesional de sexo infantil o una prostituta infantil. Solo existe violación infantil.

Es fácil culpar a quienes se benefician con la explotación de niños -y deberíamos hacerlo. Pero ellos son solo una parte del problema. En un país donde una de cada seis mujeres estadounidenses son supervivientes de agresión sexual y una de cada cuatro mujeres son supervivientes de violencia doméstica, los traficantes simplemente monetizan una cultura que normaliza la violencia contra las mujeres y las niñas a niveles epidémicos. Esta realidad brutal, junto con el culto generalizado de culpar a las víctimas, creó el mercado perfecto para la compra y venta de niños.

En mi trabajo como defensora, aprendí que hacerle frente a la verdad es el comienzo de la libertad. Para ser libres, tenemos que traerlo todo a la luz, para que nuestra vergüenza y nuestros secretos no ejerzan más poder sobre nosotros. Como supervivientes, podemos nunca ver a nuestros maltratadores como responsables por sus crímenes, pero estamos creando nuestra propia justicia. Nuestra justicia es superar, conocer nuestro valor, levantándonos como líderes, transformando el dolor en el poder de la compasión."

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